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viernes, 3 de enero de 2014
Y me sigo preguntando…
Y es en estos precisos momentos en los que creo necesitar más tu ayuda. Esos consejos que tanto me tranquilizaban en el momento más oportuno; esas cosas tuyas que me hacían sonreír cuando segundos antes lo veía todo de color negro; tu tranquilidad al tratarme, tu paciencia el entenderme, tu forma de gritarme o lo intrasigente que eras muchas veces. Y todavía te sigues extrañando por qué te llegué a querer tanto y por qué después de este tiempo aún no te he olvidado.
Sobran las explicaciones, las razones que den lugar a una visión más coherente de esta turbia vida. Sobra decir lo que siento por ti y ya no importa si sé o no expresar lo que supusiste en mi vida, que a pesar de mis errores y mis fallos, junto a ti, lo dejó de ser para dar lugar a diversión, tranquilidad, armonía, amor, amistad, discursiones y dialogos…
Y me pregunto, ¿qué es lo que siento? ¿Amor, rabia, tristeza…? Y yo temo sentir un cúmulo de sensaciones que me ahogan, que me agotan, que me hacen brotar las lágrimas que tanto he reservado y sigo reservando en determinados momentos, básicamente… porque nadie sabe lo ucho que te echo de menos, lo mucho que te extraño. ¡Cuantas veces sigo despertandome pensando que tengo que llamarte!!!
Es un despertar amargo cuando me doy cuenta de que ya nunca podré volver a llamarte, que no estás, que te fuistes a ese lugar sin retorno al que todos iremos tarde o temprano.
Y no sé que siento, no se que busco... ¿busco olvidarte, superarte o vivir con la resignación que provoca el saber que no te podré volver a tener jamás? no lo sé, tan solo sé que tu ausencia me duele día a día, noche tras noche... Solo sé que no te olvido y que te llevo conmigo allá donde voy.
Mª José
16/08/2010
Descansa en paz, seguiremos recordándote.
Hace ya un mes, un mes!!! Un mes desde
que el cáncer te ganó la dura batalla que habías mantenido con
él. intensamente no verte
sufrir más. Los últimos días agudizada la enfermedad y el grave
deterioro que conllevaba, te fuiste apagando, te fuiste ausentando y
cada día que pasaba era un anuncio de tu inminente muerte.
Presenciar tu agonía era morir junto a ti, el día antes de morir
tuviste unos momentos lucidos, apenas un par de minutos, fue tu
última sonrisa cuando viste sentada en tu cama, a tu lado a Esther,
quizás ella presentía el poco tiempo que te quedaba ya que se
empeñó en ir a verte aquel día, se negaba a dejarlo para más
adelante.
Aquella
noche estaba sentada a tu lado mirándote, allí estabas tú con
aquella respiración fatigosa, pero estabas allí y en un segundo ya
no estabas, ¡no estabas!!! con todo lo que significan esas dos
palabras! ¡No sabes la cantidad de emociones diferentes por las que
he pasado en estos últimos treinta días! ¡No sabes la cantidad de
variantes que tiene el dolor cuando pienso en ti!
Recuerdo,
en estos momentos, muchas cosas de ti, lo último que se me viene a
la cabeza es tu cuerpito retorcido en la cama, tratando de respirar
con desesperación, tus gritos de enfado, tus lamentos, tu rabia...
Tu imposibilidad de hablar; tus ojos perdidos tratando de ver.
¿Pudiste escucharme decirte cuanto te quería? ¿Habrás entendido
que podías irte en paz?. ¡Cuánto me dolió tu dolor!,¡cuánta
angustia sentía que sentías!. Eras tan luchadora, te aferrabas
tanto a la vida y te fuiste tan mal, no sé cuantos se van bien de
este mundo pero la tuya fue una cruel partida.
Y
a pesar de recordar tantas cosas soy incapaz de recordar tu rostro,
lo intento, lo intento desesperadamente y solo consigo recordar tu
cara en el momento en que dejaste de respirar, cuando eso ocurre me
encojo en la cama, aprieto los ojos con fuerza tratando de borrar esa
imagen que tanto duele de mi mente, pero es inútil gruesas lágrimas
se resbalan de mis ojos en esos momentos, sé que no volverás, lo se
de sobra, pero el dolor es intenso por tu perdida, por tu muerte.
Esperaba
poder darte mi último adiós el día que te enterrásemos, pero me
ha sido negada esa posibilidad por razones que no alcanzo a
comprender, que no imagino... No me dijeron nada el día que te
enterraron, avisaron a todo el mundo menos a mi y a Esther. No puedes
imaginar lo que he llegado a sentir, si el dolor de tu muerte fue
intenso, este se me ha clavado cual estaca se le clava a los vampiros
en el corazón, sin posibilidad de arrancarla.
Todo
ser humano -héroe o villano, decente o criminal- tiene derecho al
duelo por parte de aquellos que lo amaron en vida. Y ese duelo exige
poder enterrar dignamente los restos del difunto, para poder enterrar
psicológicamente a un muerto, es indispensable aceptar su
desaparición física como definitiva. Los rituales funerarios
proporcionan la oportunidad de rendir el último homenaje a un ser
querido, pero no he podido hacerlo, no te he podido despedir como
merecías y realmente me he quedado como incompleta, siento que falta
algo, que no sé exactamente lo que siento, tan solo sé que siento
que me han robado algo, que tenía derecho a estar presente en esos
momentos.
Mi
último homenaje y el de Esther es el recordarte con todo nuestro
cariño, volver a escuchar la canción que pusimos para despedirte y
llorar abrazadas por el recuerdo de tu presencia que ahora es
ausencia, allí donde estés, seguro que nos miras con una cálida
sonrisa y sabes que no estar presentes no ha sido una decisión
voluntaria, sino impuesta sin motivo alguno a no ser la satisfacción
de hacer un daño irreparable.
Descansa
en paz, nosotras seguiremos recordándote.
Mª
José
01/05/2010
HOY HA MUERTO...
No
tengo ganas de escribir, ni si quiera de recordar, no quiero ni
puedo, ella ha muerto pero con ella se ha llevado una parte de todos
aquellos que la queríamos. Solo cabe tristeza, y esos pequeños
recuerdos que van encontrando las fisuras de mi alma, por las que
brotan estas lágrimas furtivas.
.
Los
que me conocen ven en mi una persona fuerte y dura, capaz de cruzar
el mar a nado, y sólo una pequeña gota en mi mejilla, os enseña
que soy una niña frágil y desvalida que necesita un abrazo, una
caricia y una sonrisa.
Has
muerto, siento un dolor muy intenso, una punzada en el alma; yo estoy
viva, me quedan tus sueños, me quedan tus palabras; tu risa y tus
enfados; tus bromas y tus gritos; me quedan todos tus recuerdos…
Anoche me acomodaba en la silla a tu lado en la habitación del
hospital para descansar un poquito, de tanto en tanto te miraba
porque esa respiración tan fatigosa que tenías parecía pararse,
pero no era así, a los pocos segundos volvía a oírte, hasta que
dejaste de hacer ruido, mi mano se poso en tu pecho y se movía
lentamente, muy lentamente, hasta que ya no se movió más, no me lo
podía creer, habías muerto en silencio, sin hacer ruido alguno.
Me
creí una mujer fuerte, capaz de soportar lo insoportable, y solo tu
muerte me ha enseñado cuán débil soy. Lágrimas silenciosas
cayeron de mis ojos mientras te besaba, te quitaba el parche del ojo
que ya no ibas a necesitar más y me sentaba a tu lado con tu mano
inerte entre las mías, solo fui capaz de decirte: “Te quiero,
descansa tranquila, ya se ha acabado el dolor” No sé si me oíste
o no, pero era y es mi deseo.
Apenas
hace veinticuatro horas que no estás y ya te echo de menos, aún
creo que no ha pasado, que no es cierto, que mañana estarás en
casa, en el hospital o en cualquier sitio... Sé que no será así,
que mañana es tu funeral... Lo sé y quizás no quiero saberlo o no
quiero creerlo. Me siento sola, inseguridad se llama, miedo también.
Todo ser pierde a alguien en algún momento de su vida, se retuerce
de dolor por esa ausencia, esa que una vez fue más que presencia.
Este dolor se suavizara con el tiempo, pero hoy duele hasta desgarrar
el alma. Hoy lloro, río, pienso, recuerdo... Mañana... Mañana
tendré que aprender a caminar sin ti...
Te
quiero
Mª
José
31/03/2010
Quizás esta noche, quizás mañana, quizás pasado…
Algo en mi corazón se destrozó cuando te vi en esa cama, tan indefensa como una niña perdida, como una mujer que se rebela contra su destino, que le planta cara a la muerte aún cuando tus palabras han hecho mucho daño a todos los que estamos a tu lado, nos has maltratado porque así te sientes tú, maltratada por tu destino... Estás enfadada con el mundo y no se te puede reprochar, cualquiera en tu lugar se hubiese rendido sin pelear, pero tú no, tu moriras como has vivido, luchando, presentando batalla.
Cuando te das cuenta del dolor que causan tus palabras te has arrepentido, lloras, pataleas y pides perdón con lágrimas que se niegan a salir, ni siquiera te queda la oportunidad de derramarlas, eso también te ha sido negado, has visto como ibas perdiendo todas las facultades que poseemos, primero la vista, el oido a medias, el caminar, el tragar... Y ahora el habla... Nos esforzamos por entender tus palabras pero es muy dificil hacerlo... Tus manos tiemblan... Tu cuerpo se mueve sin control... No puedes hacer algo tan basico como llevarte algo a la boca o sorber agua con una cañita.
Hoy ya has dormido todo el día, no has despertado más que algunos segundos robados a la incosciencia para abrir los ojos y mirar sin ver antes de volver a sumirte en ese sueño que no se si es reparador, pero que al menos te aleja del dolor y el sufrimiento de saber que ya te queda muy poquito tiempo. Tan sólo has tenido unos pocos de segundos lúcidos, pero los suficiente como para darte cuenta que estaba allí Esther, con una mueca, más que sonrisa has atinado a preguntarle que porqué no estaba en e colegio y su respuesta de que eran vacaciones te ha vuelto a dejar tranquila para sumirte de nuevo en ese sueño inducido por los medicamentos.
Ya está. Se ha hecho todo lo que se ha podido y no hay más que esperar que pase. Quizás esta noche, quizás mañana, quizás pasado… hasta que tu cuerpo aguante, hasta que tu corazón diga basta, se acabó y lo que tarde en apagarse es lo que queda. Esperar. Esperar a que suene el teléfono.
Mª José
30/03
Cuando te das cuenta del dolor que causan tus palabras te has arrepentido, lloras, pataleas y pides perdón con lágrimas que se niegan a salir, ni siquiera te queda la oportunidad de derramarlas, eso también te ha sido negado, has visto como ibas perdiendo todas las facultades que poseemos, primero la vista, el oido a medias, el caminar, el tragar... Y ahora el habla... Nos esforzamos por entender tus palabras pero es muy dificil hacerlo... Tus manos tiemblan... Tu cuerpo se mueve sin control... No puedes hacer algo tan basico como llevarte algo a la boca o sorber agua con una cañita.
Hoy ya has dormido todo el día, no has despertado más que algunos segundos robados a la incosciencia para abrir los ojos y mirar sin ver antes de volver a sumirte en ese sueño que no se si es reparador, pero que al menos te aleja del dolor y el sufrimiento de saber que ya te queda muy poquito tiempo. Tan sólo has tenido unos pocos de segundos lúcidos, pero los suficiente como para darte cuenta que estaba allí Esther, con una mueca, más que sonrisa has atinado a preguntarle que porqué no estaba en e colegio y su respuesta de que eran vacaciones te ha vuelto a dejar tranquila para sumirte de nuevo en ese sueño inducido por los medicamentos.
Ya está. Se ha hecho todo lo que se ha podido y no hay más que esperar que pase. Quizás esta noche, quizás mañana, quizás pasado… hasta que tu cuerpo aguante, hasta que tu corazón diga basta, se acabó y lo que tarde en apagarse es lo que queda. Esperar. Esperar a que suene el teléfono.
Mª José
30/03
Morir no es fallar; es una parte normal de la vida.
“Somos demasiados los que nos vemos
obligados a luchar para conservar la dignidad cuando nuestra vida
está llegando a su fin. El mayor ladrón de la dignidad es el
sistema médico, que nos despoja de ella despersonalizándonos y
convirtiéndonos en números de habitación y camas con enfermedades
cuando somos personas con una vida, una historia y una familia…
“¿el tumor cerebral de la 644? o “¿el fallo cardíaco de la
302?. Es difícil conservar la dignidad cuando nos definen y
describen como una enfermedad o un número de habitación.
El sistema nos arrebata la dignidad
tratando la enfermedad y la muerte como al enemigo, ¡insistiendo en
exterminarlas cueste lo que cueste! Nuestro cuerpo se convierte en un
campo de batalla donde los médicos combaten para “arreglarnos”.
No nos gusta admitir que la vida es a veces incómoda o incluso
desagradable. Y cuando estamos rotos, queremos que ellos nos
arreglen. Queremos creer que podemos arreglarlo todo. Sin embargo, no
podemos arreglar a los moribundos porque ellos no están rotos,
sencillamente ya no tienen pilas ni recarga posible. Morir no es
fallar; es una parte normal de la vida.
Los moribundos se roban
inconscientemente dignidad cuando olvidan lo que realmente importa.
El proceso de la muerte es, por naturaleza, un proceso que conlleva
pérdidas. Los moribundos pierden,entre otras cosas, las “capas
externas” que han ido acumulando a lo largo de su vida. Ya no son
el presidente de la junta, el amable vecino, el compañero de béisbol
o el gran cocinero. Pierden su papel de líder, maestro, trabajador,
amigo, deportista, madre, padre, hijo, hija, hermano y hermana. Verse
arrojados al papel de paciente los despoja de los papeles que tanto
les han enorgullecido lo largo de su vida. ¿Qué les queda? Su
concepto de sí mismos. Si se consideran personas especiales y
únicas, por encima y aparte de esos papeles mundanos, conservan su
dignidad. Para algunas personas, esto es fácil de hacer, porque su
dignidad no depende de factores externos. Otras necesitan que sus
seres queridos y el sistema médico las refuercen. Por eso es tan
importante para quienes están en la antesala de la muerte que los
tratemos con dignidad.”
Para ellos es muy duro ver como no
pueden controlar funciones básicas de su cuerpo como los
esfinteres... Cuando se dan cuenta de que se han orinado o defecado
encima, la vergüenza se une al sufrimiento que tienen en esos
momentos. El intentar comer por si mismos y ver como la comida
resbala por las comisuras de sus labios manchandolo todo les hace
temblar de rabia. En estos momentos es cuando necesitan una palabra
amable que les reste importancia a estos hechos, que les haga ver que
no pasa nada. Aunque por dentro sabemos que si pasa... Pasa... Que
sus cuerpos ya no aguantan más tiempo, que la vida les está
llegando al final. Es lamentable ver a una persona que toda su vida
ha sido autosuficiente, que ha tenido energías para todo lo que se
proponía hacer llegue al final de su vida dependiendo de un pañal,
un babero, unos brazos fuertes para que lo cojan y un cerebro ajeno
capaz de captar una sola palabra para descifrar toda la frase que ha
dicho sin que se le haya entendido nada.
Morir es un acontecimiento que el
hombre no es capaz de comprender. Morir supone una despedida
definitiva de todos y de todo. Quienes compartimos con él la
existencia tenemos la obligación humanitaria y fraternal de
acompañarle con el máximo respeto a su dignidad - es decir: con
amor- en este momento supremo de la vida. Aunque no es fácil cuando
nos tenemos que enfrentar a ello, debemos esconder nuestro dolor y
poner una sonrisa en nuestras caras para que se sientan
reconfortados, debemos aguantar nuestras lágrimas y pena para
hacerles el camino más fácil.
No es sencillo tener al lado nuestro a
una persona querida sabiendo que son sus últimas horas de vida y
aguantar estoicamente el talante sereno, no es sencillo bromear para
hacerlo sonreír cuando solo quieres gritar tu dolor. Debemos
tragarnos tantas cosas..... Callar tantas otras......
Queremos que mueran, que se acabe de
una vez tanto sufrimiento, que descansen ellos y ¿Por qué no
decirlo? Nosotros... Queremos que no se den cuenta de que se están
muriendo y sin embargo cuando son conscientes de este hecho pero no
lo quieren asumir tratan con desprecio, impaciencia, rabia,
insultos... A aquellos que más los quieren, aumentando así el
sufrimiento de las personas que los rodean.
Cuando exhalan el ultimo suspiro no
podemos creerlo, no queremos que pase eso que hemos deseado, una
angustia atroz atenaza nuestro pecho. Todas las lágrimas no
derramadas en su presencia brotan sin control en su ausencia. Nos
sentimos culpables por haber deseado su muerte, por haber rogado
porque llegara de una vez. Lloramos porque se han ido y con ellos se
han llevado un trocito de nuestras vidas, lloramos porque ya no
están, lloramos porque no los queríamos ver sufrir, pero tampoco
queríamos que muriesen, deseábamos un imposible: que su enfermedad
diese marcha atrás y volvieran a ser las personas de antaño.
La mayoría de la gente habla de la
calidad de vida en los últimos meses de una enfermedad terminal yo
abogo por una calidad de muerte, porque esta sea digna, porque llegue
sin robarnos nuestra esencia como personas.
Mª José
06/04/2010
La hipoteca con los intereses más altos.
La vida, en ocasiones, te muestra su
lado más positivo y, en otras te enseña los dientes. Dientes que
incluso las pirañas les tendrían envidia. Nos quejamos de nuestro
presente, del trabajo, del cabrón del jefe, siempre tiene ese
calificativo, no se porque, sea o no cabrón lo llamamos así, debe
ser una forma cariñosa de hacerlo. Nos quejamos del banco, de los
impuestos, de lo que cuesta una lechuga… Discutimos por tonterías,
por una silla mal colocada, por una comida sosa, por una palabra más
alta que la anterior… Pero nunca, nunca, pensamos que pasaría si
la vida nos enseña esos dientes diciéndonos que se acaba, que nos
quedan días contados, que mañana en nuestra vida dará igual esa
silla mal puesta, esa comida sin sal… Porque la sentencia ha caído
sobre nosotros.
Es asombroso como pueden cambiar las
cosas de un día para otro, y lo que hoy deseamos, mañana damos
cuenta de que ya no lo queremos, o lo que es peor, comprobar que
aquello que tanto despreciamos es justo lo que andábamos buscando.
Despreciamos nuestra salud, total está ahí, sin que nadie le haga
demasiado caso, si nos duele algo ya tomaremos una aspirina y listo,
ojalá fuese verdad… No siempre lo es, muchas veces esa aspirina no
soluciona nada, ni esa aspirina ni doscientos miligramos de Morfina…
No podemos hacer nada… La vida se nos escapa, todo por lo que tanto
hemos peleado deja de importar, nada nos va a devolver la vida, el
tiempo mal gastado en discursiones, en luchas inútiles, en mal
vivir.
Es asombroso como me entienden aquellas
personas con quienes comparto silencios, y es absolutamente asombroso
que con las que derroché más palabras, jamás me comprendieron, mi
hermana esa persona que jamás entendió ni quiso entender lo que le
decía, ahora aunque quisiera no podría entenderme. Ahora es
alguien, pero no es ella. Esa que he visto hoy en el hospital no es
ella, es una impostora que ha adoptado esa mala leche suya, pero no
ha podido imitar nada más de ella. Esa mujer con la cara hinchada,
con un parche en un ojo; porque ya no ve, en una silla de ruedas;
porque ya no puede andar, que apenas come; porque ya no tiene control
sobre su propia lengua para tragar, que no se le entiende bien lo que
dice; porque la Morfina no la deja coordinar, que quiere ser la misma
de siempre; mandona, puñetera, pero apenas puede serlo… Esa, no es
mi hermana, es alguien con sus rasgos que una cruel broma del destino
ha puesto en esa cama.
Asombroso es que dos personas miremos
la misma cosa, y la veamos de tan diferente color. Nos vemos una a la
otra, ella me ve igual que siempre y yo solo veo una mujer a la que
las pirañas de este maldito destino le ha enseñado los dientes y
además la muerden cada vez que pueden, a la que injustamente ese
Dios en el que ella creía ciegamente, le arrebató las personas que
más quería y ahora se quiere ensañar de nuevo con ella, llevándose
la poquita familia que le queda, eso si, despacio, con dolor, con
sufrimiento… Para que no sea fácil, para no regalarle ni siquiera
el consuelo (idiota, pero consuelo) de decir que se la llevó sin
sufrir,
¿Es esto alguna especie de pago por
algo que hemos hecho o dejado de hacer? No lo sé, pero esta vida es
una hipoteca en la que muchas veces pagamos los más altos intereses.
Mª José
06/02/2010
Estos son una serie de blogs, relatos o como queramos llamarlos que le escribí a mi hermana en unos momentos muy duros para todos, pero sobre todo para ella que era la que luchaba incansablemente por vivir.
Carta abierta a mi hermana: Te quiero
tapón de coca-cola
Me encuentro tomando mi eterna taza de
café, sentada frente al teclado tratando de hilvanar alguna idea
para escribir. Se me agolpan recuerdos lejanos y delirantes que a
través de este pacto eterno con la nostalgia están invadiendo mi
vida estos días. Escribo para ti, escribo para entender yo lo que
siento, escribo para desahogar tantas dudas que jamás sabré
responderme…
¿Qué puedo hacer sabiendo te vas? Sé
que nunca te dije las cosas que debía decir. Y ahora me siento entre
la espada y la pared. Sé que debería decirte cuanto te quiero,
aunque no sepa como hacerlo y decirte que me duele tu dolor. A pesar
de las fallas, a pesar de los oscuros muros que hubo algunas veces. A
pesar de las eternas discusiones en nuestras vidas, de los gritos
tuyos…, que eres muy gritona eh????... De los malos entendidos y
las temporadas sin hablarnos… de que seas esa clase de persona que
señala los errores ajenos y no los propios. Aunque a días nos
llevemos mal, en el fondo nos queremos a rabiar… y es que eres la
única hermana que me queda, somos hermanas y nos queremos a pesar
de todo.
Esa maldita enfermedad está comiéndote
terreno, aunque estás luchando contra ella como lo harías en el
juego del comecocos, tratando de esquivarla, de presentarle batalla…
Que ella está ganando, aunque tú se lo estás poniendo muy difícil,
está saliendo victoriosa, te escudas detrás de una sonrisa, de un
decir que no podrá contigo, de cierto cinismo ante la misma, pero
todos vemos como te gana, como día a día se lleva un poquito de tu
vida y de tu ser. Ahora se ha alojado en tu cerebro, ya la echaste de
tu cara y de tu cuello, pero ella, como el comecocos ha salido por
otro sitio y ha elegido el cerebro, te provoca pérdidas de memoria,
y que muchas veces no entiendas las cosas, muchas veces no te
acuerdas de lo que le dijimos ayer o de lo que has explicado hace un
rato, eso no importa, callamos y volvemos a escucharlo con el corazón
encogido. Te ha robado la visión de un ojo y como es insaciable se
ha dedicado estos últimos días a provocarte dolores que la morfina
no calman… Por eso estás en un hospital tratando de vencerlo de
nuevo, tratando de encontrar las dosis adecuadas de drogas para
calmar el dolor… Soportando una quimioterapia agresiva que te
consume, pero que no lo consume a él como debería ser…
Veo que te vas poquito a poquito y me
duele, no quiero que te vayas, no quiero quedarme sola, tendríamos
que haber sido cuatro hermanos envejeciendo juntos, al primero, el
único chico, ni lo llegamos a conocer, nuestra hermana murió como
bien sabes hace relativamente pocos años cuando menos lo esperábamos
y ahora tú te vas a ir pronto. Quédate, no tengas prisa, no te des
por vencida, sigue luchando como lo haces, sigue negándole la
victoria.
Las dichosas lágrimas no me dejan ver
bien la pantalla del ordenador mientras te escribo esta carta. Estas
lágrimas nunca dejarán de brotar… pero no te preocupes, esconden
un secreto, sé que nunca te olvidaré, que tendré que ser la Mª
José que haga sonreír a los tuyos cuando llegue el día, la
“titaaaa” que esperan tus hijos, la de siempre, la que nada le
afecta, la que siempre se ríe de todo hasta de si misma… Y lo
haré, te prometo que lo haré… Las lágrimas las guardaré para mi
almohada, pero ¡te echaré tanto de menos! No puedo evitar recordar
mi niñez o mi juventud a tu lado… Tantas cosas… Tantas anécdotas
mil veces contadas… Especialmente recuerdo una frase que me dijiste
un día en que por algún motivo que no recuerdo, yo lloraba, me
abrazaste y dijiste: Regálame otra sonrisa.
Es lo único que puedo decirte ahora,
antes de que te vayas: Regálame otra sonrisa.
Te quiero tapón de coca-cola
Mª José
18/09/2009
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